En el vientre de una nube inmensa y gris, que flotaba perezosamente sobre el mundo, vivían incontables gotas de lluvia. La mayoría eran tranquilas y estaban contentas con su destino: caer, nutrir una flor, brillar sobre una hoja y luego desaparecer, evaporándose de nuevo hacia el cielo. Pero entre ellas había una gota diferente. Se llamaba Pluvia.
Mientras sus hermanas se maravillaban con la suavidad de las nubes, Pluvia se asomaba por el borde y miraba hacia abajo. No le interesaban las flores individuales ni las hojas solitarias; sus ojos seguían el sinuoso y brillante camino de una serpiente de plata que cortaba la tierra verde y marrón. Era un río. Veía su poder, su constancia, cómo unía montañas y valles en su largo viaje hacia el mar. Las otras gotas no lo entendían.
«¿Por qué querrías ser un río?», le preguntó una gota llamada Brisa. «Es ruidoso y está lleno de barro. Nosotros somos puras, somos cielo».
«Pero el río está vivo», respondía Pluvia, con un anhelo que vibraba en su pequeña forma esférica. «No solo cae, sino que viaja. Yo no quiero ser solo un momento, quiero ser un camino».
Llegó el día en que la nube se volvió pesada y oscura. El viento susurró: «Es la hora». Una por una, las gotas comenzaron a dejarse caer. Cuando le llegó el turno a Pluvia, no sintió miedo, sino una emoción electrizante. Mientras caía, girando en el aire, buscó con la mirada el lejano brillo del río. «¡Allá voy!», pensó.
Su aterrizaje no fue en el gran río, sino sobre el pétalo ceroso de un lirio en la ladera de una montaña. Fue un aterrizaje suave, casi decepcionante. Estaba sola. El sol comenzó a brillar y sintió cómo una parte de ella amenazaba con disolverse, con volver al cielo del que tanto ansiaba escapar.
«No tan rápido», se dijo a sí misma. Recordando la pendiente de la montaña, se inclinó con todas sus fuerzas y se deslizó por el borde del pétalo, cayendo sobre una hebra de musgo húmedo. Allí se encontró con otras gotas que habían tenido la misma idea. Eran pocas, apenas un puñado.
«¿A dónde vas con tanta prisa?», le preguntó una gota redonda y perezosa.
«Al río», respondió Pluvia, sin dudar.

La otra gota se rio, un sonido diminuto como el de una burbuja al estallar. «El río está a miles de caídas de distancia. El sol nos reclamará antes de que lleguemos a la base de esta roca».
Pero Pluvia no se desanimó. «Si nos quedamos quietas, seguro que lo hará. Pero si nos movemos juntas, tal vez tengamos una oportunidad».
Impulsadas por su determinación, las gotas comenzaron a moverse, fusionándose en un hilo de agua tembloroso que serpenteaba entre las raíces y las piedras. Su viaje era lento y lleno de peligros. Un tramo de tierra seca absorbió a algunas de sus compañeras. Un escarabajo sediento bebió de su pequeño caudal. Pero por cada gota que perdían, dos más se unían a ellas desde una hoja o un charco cercano. Pluvia aprendió su primera lección: la fuerza no estaba en su tamaño, sino en su unión y movimiento constante.
Su pequeño arroyo finalmente llegó a un riachuelo más grande que parloteaba alegremente mientras saltaba sobre las piedras. Al unirse a él, Pluvia sintió una oleada de velocidad y energía. Ahora no solo se movían, ¡bailaban! En el riachuelo conoció a otros viajeros. Una hoja sabia y anciana le contó historias del bosque que atravesaban. Un guijarro liso y pulido, que había estado en el mismo lugar durante cien años, le habló de la paciencia y de cómo el agua, con su constancia, podía dar forma incluso a la roca más dura.
El riachuelo se convirtió en un arroyo, y el arroyo en un afluente. Pluvia ya no era una gota solitaria, sino parte de una corriente poderosa y decidida. Sentía en su interior el eco de miles de otras gotas, cada una con su propia historia de caída y su propio viaje. Sentía el frío de la montaña, el calor del sol del valle y la energía de la vida que fluía a su alrededor.
Finalmente, llegó el gran momento. A la vuelta de un recodo bordeado de sauces llorones, lo vio. El río. Era inmenso, majestuoso, un gigante de agua turbulenta y profunda que se movía con un poder inimaginable. Por un instante, Pluvia sintió miedo. Unirse a esa masa significaría desaparecer, perderse por completo, olvidar que alguna vez fue una sola gota con un sueño.
La corriente la empujaba hacia la confluencia. Vio cómo su agua, más clara, se arremolinaba al tocar la del río. Cerró los ojos, recordando su sueño. No había querido ser una gota en el río, había querido ser el río.
Se entregó.
La sensación fue abrumadora. Dejó de ser Pluvia. Su conciencia individual se disolvió y se fusionó con la de millones de otras gotas. Pero no fue un final, fue una transformación. De repente, supo todo lo que el río sabía. Recordó la nieve derretida de los picos más altos, sintió el impulso de los peces que nadaban en sus profundidades y anheló la inmensidad del océano que la esperaba al final del viaje. Su pequeño sueño se había unido al gran sueño del río.
Ya no era una gota que viajaba. Era el viaje mismo. Llevaba consigo los secretos de la montaña, la fuerza de incontables arroyos y la promesa del mar. Había comprendido que un río no es una sola cosa, sino la suma de innumerables gotas, cada una tan pequeña y decidida como lo fue ella. Y en esa unión, en esa entrega total, Pluvia, la pequeña gota de lluvia, finalmente cumplió su deseo. Se había convertido en río.

