El Misterio del Bosque Luminoso

En las afueras de un pequeño pueblo, oculto tras una densa niebla matutina, se encontraba el Bosque de Éter. Nadie se atrevía a entrar en él, no por miedo a bestias salvajes, sino por los extraños rumores que lo rodeaban. Se decía que el bosque, durante ciertas noches, brillaba con una luz etérea, y que quienes lo visitaban regresaban cambiados, con historias que sonaban más a sueños que a recuerdos.

Elina, una joven curiosa y amante de la naturaleza, había escuchado estas historias desde niña. A diferencia de los demás, sentía una irresistible atracción hacia el bosque. Una noche de luna nueva, cuando las estrellas apenas se veían, Elina decidió que era el momento. Equipada con una linterna y una mochila ligera, se adentró en la niebla que marcaba la entrada al Bosque de Éter.

Al principio, el bosque era como cualquier otro: árboles altos y oscuros, el crujido de las hojas bajo sus pies y el silencio roto solo por el viento. Pero a medida que se adentraba, notó un leve resplandor en la distancia. Era una luz suave, azulada, que parecía palpitar al ritmo de un corazón invisible.

Con cada paso, la luz se hacía más intensa. Los árboles comenzaron a cambiar; sus troncos parecían estar hechos de cristal, y sus hojas brillaban con pequeños puntos de luz que parecían luciérnagas atrapadas. Las flores en el suelo emitían un fulgor violeta y los arroyos corrían con agua que resplandecía como plata líquida. Elina se encontraba en el Bosque Luminoso.

No había ruidos, solo una serena melodía que parecía nacer del propio aire. Elina caminó, asombrada, sintiendo una profunda paz que nunca antes había experimentado. Vio criaturas pequeñas y translúcidas revolotear entre los arbustos, y mariposas con alas de cristal volar lentamente. Todo era mágico y efímero.

De repente, llegó a un claro donde un gigantesco árbol, más antiguo que el propio tiempo, se alzaba majestuoso. Su tronco era una espiral de luz cambiante, y sus ramas se extendían como una bóveda de estrellas vivas. Al pie del árbol, un estanque de agua cristalina reflejaba todo el firmamento, y en su centro flotaba una única flor de loto, cuya luz era la más brillante de todo el bosque.

Mientras Elina observaba la flor, sintió que no solo veía el bosque, sino que el bosque la veía a ella. Las luces, la melodía, la paz… todo parecía comunicarse con su alma. Entendió que el misterio del bosque no era algo a resolver, sino algo a sentir. Era un lugar donde la naturaleza, en su forma más pura, revelaba su propia esencia.

Pasó horas en ese claro, meditando, sintiendo la energía del lugar. No quería irse, pero sabía que el amanecer no tardaría en llegar y con él, el misterio volvería a ocultarse. Con un profundo suspiro, se despidió del árbol y de la flor, prometiendo que volvería.

Al salir del bosque, la niebla volvió a cubrirlo todo. Elina regresó a su pueblo, y aunque los demás notaron un brillo diferente en sus ojos y una calma inusual en su rostro, no pudo describirles con palabras lo que había visto. Solo sabía que el Bosque Luminoso la había transformado. Había aprendido que la belleza y la magia no siempre se buscan, a veces se encuentran en los lugares más inesperados, esperando ser descubiertas por aquellos con el corazón abierto. Y que, a veces, el mayor misterio es la propia conexión que tenemos con el mundo natural.

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