El Eco del Monte y el Pastorcillo


En las faldas de un monte majestuoso y silente, donde las nubes se enredaban en las cimas y el viento susurraba viejas historias entre los pinos, vivía un joven pastorcillo llamado Mateo. Su vida transcurría entre el balido de sus ovejas y el vasto lienzo de la naturaleza. A diferencia de los otros niños del pueblo, Mateo no temía la soledad del monte; al contrario, la abrazaba, pues encontraba en ella una extraña compañía.

El monte era conocido por sus ecos extraordinarios. Si uno gritaba una palabra, el monte la devolvía, no una, sino varias veces, a veces con voces distintas, como si docenas de espíritus juguetones respondieran desde las profundidades de sus cuevas y valles. Los mayores del pueblo advertían a los niños que no jugaran con el eco, pues se decía que podía «atrapar» sus voces y sus intenciones.

Pero Mateo, siendo un espíritu libre, no hacía caso a tales advertencias. Para él, el eco era un amigo. Cada mañana, mientras sus ovejas pastaban, él se paraba en un saliente rocoso y gritaba preguntas al monte: «¿Quién soy?», «¿Qué debo hacer?», «¿Hay alguien ahí?». Y el monte, fiel, le devolvía las palabras, a veces de forma confusa, a veces con una claridad sorprendente.

Un día, mientras pastoreaba cerca de una cueva oscura y misteriosa, Mateo sintió una profunda tristeza. Había tenido un sueño recurrente sobre un futuro incierto, un camino sin rumbo. Con el corazón apesadumbrado, gritó al monte con toda su fuerza: «¿Cuál es mi camino?»

El eco, esa vez, no fue un murmullo juguetón. Una voz clara, profunda y resonante, que parecía surgir del corazón mismo de la tierra, respondió: «¡Tu camino… tu camino… es el corazón… es el corazón…!» La voz se repitió varias veces, llenando el valle. Mateo quedó inmóvil, sintiendo un escalofrío que no era de frío. Nunca antes el eco le había hablado con tanta convicción.

Confundido pero intrigado, Mateo se sentó a reflexionar. ¿Qué significaba «el corazón»? Esa noche, el monte pareció más grande y más sabio que nunca. Mateo miró a sus ovejas, las acarició y sintió el calor de su lana, la sencillez de su existencia. Pensó en su abuela, que siempre decía que las mejores decisiones venían del corazón, no de la cabeza.

Al día siguiente, con las palabras del eco resonando en su mente, Mateo decidió seguir su propio corazón. Dejó de preguntar al monte sobre su futuro y comenzó a escuchar la voz de su interior. Empezó a dibujar mapas del monte, no para explorarlo, sino para capturar su belleza. Se dedicó a aprender sobre las plantas medicinales que crecían en las laderas y a cuidar con más esmero a sus ovejas, viendo en cada una un pequeño ser vivo con su propia esencia.

Con el tiempo, Mateo se convirtió no solo en un pastor, sino en un protector del monte. Conocía cada sendero, cada rincón. Su corazón lo guio a ayudar a los viajeros perdidos, a compartir su conocimiento de las hierbas con los enfermos del pueblo y a enseñar a los niños el respeto por la naturaleza. El monte, que antes solo le devolvía su voz, ahora le susurraba sus secretos.

Un anciano del pueblo, que había vivido toda su vida bajo la sombra del monte, se acercó a Mateo un día. «El eco del monte,» dijo, «no es solo una reverberación. Es la sabiduría de la tierra que se manifiesta. Solo aquellos con un corazón puro y atento pueden comprender su verdadero mensaje.»

Mateo sonrió. Había encontrado su camino, no a través de una dirección externa, sino al escuchar la brújula interna de su corazón. El eco del monte ya no era solo un juego, sino un recordatorio constante de que las respuestas más profundas siempre residen dentro de uno mismo, esperando ser escuchadas.


Comparte tu aprecio
studioweb51
studioweb51
Artículos: 20

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *