En las cumbres más altas de las Montañas de Cristal, donde las nubes jugaban a las escondidas con los picos nevados, vivía una comunidad de dragones cuyas llamas y chispas pintaban el cielo nocturno. Cada dragón tenía un fuego único: algunos lanzaban llamas de color zafiro, otros de esmeralda brillante, y algunos, los más juguetones, exhalaban anillos de humo con aroma a canela.
Entre ellos vivía Ignis, un joven dragón de escamas cobrizas y ojos del color del ámbar. Ignis no era el más grande ni el más fuerte, pero su chispa era la más alegre de todas. No lanzaba grandes llamaradas, sino una lluvia de pequeñas y vibrantes chispas doradas que sonaban como campanitas al estallar. Estas chispas tenían una cualidad especial: hacían florecer las mustias flores de montaña y devolvían el calor a los arroyos cuando el invierno arreciaba. Ignis se sentía orgulloso de su don.
Pero una mañana, algo cambió. Ignis se despertó sintiéndose extrañamente vacío. Se estiró, bostezó un poco de humo grisáceo y se preparó para saludar al sol con su característico estallido de alegría. Abrió la boca, sopló con todas sus fuerzas y… nada. Solo una débil nubecilla de aire caliente, sin color ni sonido. Lo intentó de nuevo, frunciendo el ceño y concentrándose, pero el resultado fue el mismo. Su chispa, su brillante y cálida chispa, se había ido.
La noticia corrió por las montañas como el viento del deshielo. Los otros dragones intentaron ayudar. Su mejor amiga, Caelia, una dragona de escamas plateadas que creaba vapor con formas de animales, intentó hacerlo reír. Férreos, el viejo dragón herrero, le ofreció las brasas más calientes de su forja para «reactivar» su fuego. Nada funcionó. Por primera vez, Ignis se sintió invisible. Sin su don, sentía que no era nadie. Los días pasaban y las flores de montaña, que tanto amaba, comenzaron a perder su color.
Desesperado, Ignis decidió visitar al más sabio de todos los seres de la montaña: el Viejo Búho de Obsidiana, que vivía en la cueva más oscura y profunda, donde se decía que las estrellas nacían.
El viaje fue largo y difícil. Ignis tuvo que caminar, pues sin sus chispas no sentía la energía para volar largas distancias. Atravesó valles sombríos y escaló acantilados resbaladizos. En su camino, se encontró con una familia de marmotas tiritando de frío junto a un arroyo que comenzaba a congelarse. «¡Oh, si tan solo pudieras darnos un poco de tu calor!», chilló la más pequeña. Ignis sintió una punzada de tristeza y vergüenza. «Lo siento», susurró. «He perdido mi chispa». Sin embargo, se quedó con ellas, usando su cuerpo para protegerlas del viento helado hasta que el sol del mediodía calentó las rocas.
Más adelante, encontró un pequeño zorro atrapado en una enredadera de espinas. El zorro estaba asustado y gruñía a todo el que se acercaba. Ignis, en lugar de intentar asustarlo, le habló con voz suave y tranquila. Pacientemente, con sus garras, fue cortando las espinas una por una hasta que el zorro quedó libre. El animalito, en lugar de huir, se frotó contra su pierna en un gesto de gratitud.
Finalmente, llegó a la cueva del Búho de Obsidiana. El interior era oscuro, iluminado solo por el brillo de los minerales incrustados en las paredes. El búho, con ojos que parecían contener galaxias enteras, lo miraba desde una repisa.
«He perdido mi chispa, sabio Búho», dijo Ignis con la voz quebrada. «He perdido lo que me hacía especial».
El búho parpadeó lentamente. «¿Y qué has hecho desde que la perdiste?», preguntó con una voz que sonaba como el murmullo de las hojas secas.
Ignis le contó sobre las marmotas y el zorro. Le habló de la vergüenza que sentía, pero también de la calidez que sintió al ayudar a las marmotas y la paciencia que descubrió al liberar al zorro.
«Dices que perdiste tu chispa», dijo el búho, «pero abrigaste al desprotegido y calmaste al asustado. Tu fuego no nace en tu garganta, pequeño dragón. Nace en tu corazón».
En ese momento, un estruendo sacudió la montaña. Ignis salió corriendo de la cueva y vio que una avalancha de nieve y rocas se precipitaba hacia el valle donde jugaban unos jóvenes dragones, incluida su amiga Caelia. Estaban demasiado lejos para huir.
Un pánico helado se apoderó de Ignis, pero al ver el rostro aterrorizado de Caelia, algo cambió dentro de él. El recuerdo de las marmotas tiritando, la gratitud del zorro y el profundo deseo de proteger a su amiga se arremolinaron en su pecho, convirtiéndose en una oleada de calor abrumador. No pensó. No se concentró. Simplemente, sintió.
Abrió la boca y, en lugar de una débil nube de humo, un torrente de chispas doradas, más grandes y brillantes que nunca, brotó de él. No eran solo chispas; eran una explosión de luz y calor que voló hacia la avalancha. Al contacto, la nieve se derritió instantáneamente en un torrente de agua inofensiva y las rocas más grandes se partieron en guijarros.
El valle quedó en silencio, bañado por el resplandor de las chispas de Ignis, que ahora flotaban suavemente, haciendo florecer al instante cada planta que tocaban. Caelia y los otros dragones lo miraban con asombro.
Ignis miró sus propias garras, iluminadas por el brillo dorado, y comprendió. El Búho de Obsidiana tenía razón. Su chispa no era un truco mágico que se podía perder; era el reflejo de su interior. Era la calidez de la amistad, la luz del coraje y el fuego de la compasión.
Desde aquel día, la chispa de Ignis nunca volvió a apagarse. Ya no la usaba solo para hacer piruetas en el aire, sino para calentar a quienes tenían frío, para iluminar el camino de los perdidos y para recordar a todos en las Montañas de Cristal que la verdadera magia, el fuego más poderoso, es el que nace del corazón.

