En la tranquila y pintoresca Aldea de los Sentimientos, donde las casas tenían tejados del color de la alegría (un amarillo brillante) y las flores cambiaban de tono según el humor del día, vivía una niña llamada Iris. Su nombre significaba «arcoíris», y con razón. A diferencia de los demás, Iris podía ver el color de las emociones.
Cuando alguien se reía, ella veía un halo dorado vibrar a su alrededor. Cuando su mamá estaba preocupada, notaba una tenue niebla grisácea. El enojo de su hermano se manifestaba como chispas rojas, y la tristeza de su abuela, como un suave azul profundo. Para Iris, el mundo era un caleidoscopio constante de emociones visibles.
Aunque al principio era fascinante, a medida que crecía, ver tantos colores podía ser abrumador. A veces, los colores se mezclaban en un torbellino confuso. Si su hermano estaba enojado y su papá preocupado al mismo tiempo, la habitación se llenaba de un marrón oscuro y turbio que le hacía doler la cabeza. Iris anhelaba un poco de calma, un momento en que el mundo no fuera tan… ¡colorido!
Un día, mientras paseaba por el Mercado de los Ruidos (llamado así por el bullicio de emociones que generaba), vio a un anciano sentado en un banco. A su alrededor no había ningún color vibrante. Solo un blanco puro y apacible, como la nieve recién caída. Intrigada, Iris se acercó.
«Disculpe, señor», dijo Iris. «No veo sus emociones. ¿Está usted… vacío?»
El anciano sonrió. Su sonrisa era tranquila, y por un instante, Iris vio un tenue destello de un color nunca antes visto: un violeta suave, casi etéreo.
«No, pequeña Iris», respondió el anciano con una voz que sonaba como el murmullo de un arroyo. «Mis emociones están todas aquí. Simplemente, he aprendido a sentirlas, no a dejar que me coloreen».
Iris estaba perpleja. «¿Pero cómo se hace eso? Si mi hermano se enoja, todo el mundo se vuelve rojo».
El anciano la invitó a sentarse a su lado. «Piensa en el cielo», le dijo. «A veces está azul y despejado. A veces, gris y lleno de tormenta. Pero el cielo, en sí mismo, no es la lluvia ni las nubes. El cielo es el espacio que las contiene todas».
«Tus emociones son como las nubes, Iris. Vienen y van. Y tú eres el cielo que las observa. Puedes ver la nube roja del enojo, pero no tienes que dejar que te convierta en una nube roja también».
La idea era extraña para Iris. Siempre había sentido que los colores de los demás la teñían a ella también.
El anciano le propuso un juego. «Cierra los ojos. Y cuando sientas una emoción, mía o tuya, en lugar de intentar cambiarla o luchar contra ella, simplemente obsérvala. Dale un color. Nómbrala».
Iris lo intentó. Al principio, era difícil. Sentía la frustración de no entender el juego, y veía un color naranja oscuro. «Frustración, naranja oscuro», pensó. Pero en lugar de dejarse llevar por ella, simplemente la observó, como si fuera una nube lejana. Y el naranja, lentamente, comenzó a suavizarse.
Un rato después, el anciano suspiró levemente, recordando algo. Iris vio un tenue azul claro a su alrededor. «Tristeza, azul claro», pensó. Y luego, una ola de empatía, un verde suave, creció en su propio pecho. Pero no se sumergió en la tristeza del anciano. La reconoció y la dejó estar.
Pasaron las semanas, y Iris practicaba el juego del anciano. No dejó de ver los colores, pero la forma en que los veía cambió. Cuando su hermano se enojaba, la habitación aún se teñía de rojo, pero Iris ya no se sentía abrumada. Podía ver el rojo, reconocerlo como «enojo» y decidir no dejarse arrastrar por él. Podía elegir ser el cielo que observaba la nube, en lugar de ser la nube.
Empezó a notar algo más. Al no dejar que los colores de los demás la colorearan por completo, podía percibirlos con más claridad. Cuando su amiga estaba secretamente asustada (un morado oscuro que otros no veían), Iris podía ofrecerle una palabra amable que la consolara. Cuando su mamá estaba un poco verde de envidia (un color que nadie más notaba), Iris podía recordarle un talento único que la hiciera sentir especial.
Un día, se encontró de nuevo con el anciano en el banco. Ya no veía un blanco puro a su alrededor, sino un arcoíris completo de colores tenues, armoniosos, cada uno visible pero sin mezclarse en caos. Eran como hebras de seda, ordenadas y hermosas.
«Has aprendido a ser el cielo, Iris», dijo el anciano con una sonrisa.
Iris asintió. «Sí», dijo. «Y ahora, puedo ver mis propios colores también».
Extendió sus manos y, por primera vez, vio los colores que la rodeaban a ella misma. Eran cambiantes, sí, pero ya no eran un desorden. Había un amarillo brillante de alegría, un azul sereno de calma, un rojo brillante de pasión por aprender y un verde suave de bondad. Eran sus colores, hermosos y armoniosos, porque ella había aprendido a comprenderlos y aceptarlos todos.
Desde aquel día, Iris, la niña que leía jeroglíficos, se convirtió en la guía silenciosa de la Aldea de los Sentimientos. No intentó cambiar los colores de nadie, sino que enseñó a la gente a ser su propio cielo, a observar sus propias nubes y a comprender que cada emoción, cada color, tiene su propio lugar y su propia belleza, si tan solo aprendemos a verla con los ojos del corazón.

