El Último Árbol de Cantos Dorados

En el corazón de la Tierra de los Susurros, donde los ríos tejían senderos de plata y las montañas dormían bajo mantos de musgo esmeralda, se alzaba el Bosque Ancestral. Pero no era un bosque cualquiera. Sus árboles no susurraban con el viento, ¡cantaban! Eran los Árboles de Cantos, y cada hoja, cada rama, era una cuerda de una orquesta viviente.

El más majestuoso de todos era el Gran Árbol Dorado, al que llamaban Aúreo. Sus hojas no eran verdes, sino de un oro brillante que destellaba con la luz del sol, y su tronco era tan ancho que cien niños no podrían abrazarlo. Los cantos de Aúreo eran los más bellos y complejos del bosque: una sinfonía de esperanza al amanecer, un lamento suave en las tardes de lluvia y una nana de paz bajo la luna llena. Se decía que sus cantos mantenían el equilibrio de la Tierra de los Susurros, asegurando la abundancia de agua, el crecimiento de los cultivos y la felicidad de todas las criaturas.

Sin embargo, los años pasaron, y con ellos llegó el Silencio. Los humanos, que antes vivían en armonía con el bosque, se habían olvidado de escuchar. Se obsesionaron con el progreso, con construir ciudades más grandes y hacer máquinas más rápidas. Tala tras tala, los bosques comenzaron a menguar. Primero cayeron los árboles pequeños, luego los medianos, y con cada árbol silenciado, la melodía del bosque se hizo más tenue, más triste.

El Gran Árbol Dorado, Aúreo, dejó de cantar sus sinfonías y se limitó a un suave tarareo. Sus hojas doradas comenzaron a opacarse, y su brillo disminuyó. Pronto, Aúreo fue el único Árbol de Cantos que quedaba, el último custodio de una melodía casi olvidada. El Silencio se hacía cada vez más pesado. Los ríos fluyeron con menos fuerza, los cultivos se marchitaron y una melancolía inexplicable se apoderó de los corazones de la gente. No sabían por qué, pero sentían que algo vital se había perdido.

En una pequeña aldea cercana, vivía una niña llamada Lyra. Tenía el cabello del color de la miel y unos ojos del color del cielo al atardecer. A diferencia de los demás, Lyra aún escuchaba. No las palabras, sino los ecos del viento, el murmullo del agua y, muy, muy débilmente, el suave tarareo de Aúreo. Su abuela, que había sido una de las pocas que recordaba los cantos, le había enseñado a Lyra a sentir el bosque con su corazón.

Una noche, Lyra soñó con Aúreo. En el sueño, el gran árbol dorado estaba cubierto de polvo gris, y su canto era apenas un suspiro moribundo. Lyra se despertó con el corazón oprimido. Sabía que tenía que encontrar a Aúreo antes de que su voz se apagara para siempre.

Con una pequeña mochila y la flauta de madera que su abuela le había regalado, Lyra se adentró en lo que quedaba del Bosque Ancestral. El camino estaba lleno de tocones de árboles cortados y el aire era pesado y silencioso. Los animales que encontraba estaban tristes y asustados, y apenas se movían.

Finalmente, tras días de búsqueda, Lyra encontró a Aúreo. Era más grande y majestuoso de lo que había imaginado, pero también más triste. Sus hojas doradas apenas brillaban, y su tronco parecía cansado. Un único canto débil escapaba de él, un lamento que rompía el corazón.

Lyra se sentó a los pies del árbol y lo abrazó. Podía sentir el pulso débil del Gran Árbol. Entonces, recordó las palabras de su abuela: «La música se alimenta del amor, Lyra. Y el amor se alimenta de la escucha».

Sacó su flauta de madera. Nunca había sido una gran música, pero Lyra no tocó para el público. Tocó para Aúreo, para el bosque, para el Silencio. Cerró los ojos y dejó que sus dedos se movieran, intentando imitar el suave tarareo moribundo del árbol, infundiéndole todo el amor y la esperanza que sentía. Tocó una melodía simple, pero llena de corazón.

Al principio, nada. Pero Lyra no se detuvo. Tocó y tocó, la melodía de su flauta entrelazándose con el casi imperceptible canto de Aúreo. Y entonces, algo asombroso sucedió. Una de las hojas doradas de Aúreo, la más cercana a Lyra, tembló. Luego otra. Y otra.

Una pequeña chispa dorada, casi invisible, brotó de una rama y se elevó en el aire, danzando al compás de la flauta de Lyra. Luego, otra chispa más grande. Y otra. Poco a poco, las chispas doradas comenzaron a brotar de las hojas, como pequeñas estrellas cayendo del árbol, formando un delicado halo de luz alrededor de Lyra y Aúreo.

La chispa no era un canto, pero era una promesa. Era la energía del amor y la atención que Lyra le estaba dando al árbol. La chispa se posó en el suelo, y de ella, de la tierra, brotó una diminuta semilla. Y esa semilla, en lugar de crecer con tallos verdes, creció con pequeños hilos dorados, y de sus hojas nacieron minúsculos ecos de canto.

Otros animales, atraídos por la luz y el suave sonido, se acercaron. La gente del pueblo, intrigada por un tenue brillo dorado en el horizonte, también se acercó. Al ver a Lyra con su flauta, rodeada por el resplandor de Aúreo y las pequeñas plantas de canto que brotaban, sus corazones sintieron una punzada de añoranza.

Comprendieron entonces la causa de su melancolía, el origen del Silencio. Habían cortado las voces del bosque y, con ellas, habían silenciado una parte de sus propias almas.

La gente del pueblo, inspirada por Lyra y el renacer de Aúreo, decidió escuchar de nuevo. Plantaron nuevas semillas de árboles de canto, las cuidaron con amor y, sobre todo, aprendieron a estar en silencio para escuchar su música.

Aúreo nunca volvió a cantar sus sinfonías grandiosas, pero su tarareo se hizo más fuerte y sus hojas brillaron con una luz más suave y cálida. Lyra, con su flauta, se convirtió en la guardiana de su voz, enseñando a las nuevas generaciones a escuchar el canto de la Tierra.

Y así, El Último Árbol de Cantos Dorados no fue el final, sino el comienzo de una nueva era, una era en la que los humanos recordaron que la verdadera riqueza no estaba en el progreso sin alma, sino en la armonía con la naturaleza y en la melodía eterna del mundo, si tan solo nos deteníamos a escuchar.

Comparte tu aprecio
studioweb51
studioweb51
Artículos: 20

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *