Una mañana de martes, justo después del desayuno, alguien llamó a la puerta. No era un golpe fuerte ni alegre. Era un golpeteo suave, casi tímido, como el sonido de la lluvia en el cristal.
Al abrir, Elara no vio a nadie al principio. Pero al bajar la vista, la encontró. Sentada en el felpudo había una criatura pequeña y de color azul grisáceo. Parecía hecha de niebla y pesaba tanto que sus hombros estaban encorvados. No dijo nada, simplemente levantó sus grandes y melancólicos ojos. Era la Tristeza.
La primera reacción de Elara fue cerrar la puerta. No había invitado a la Tristeza. Tenía planes: quería construir el castillo de bloques más alto del mundo y leer su libro sobre dragones que escupían chispas de caramelo. La Tristeza no encajaba en sus planes.
Intentó ignorarla. Se puso a apilar sus bloques de colores, haciendo mucho ruido, cantando una canción muy, muy alegre. Pero sentía la presencia de la Tristeza al otro lado de la puerta, pesada y silenciosa. El castillo de Elara se tambaleaba y se caía una y otra vez.
Frustrada, abrió la puerta de nuevo. La Tristeza seguía allí. Parecía un poco más grande.
«No puedes quedarte», le dijo Elara con firmeza. «Esta es una casa feliz».
La Tristeza no respondió, pero una lágrima lenta y plateada rodó por su mejilla.
Elara decidió probar otra táctica: la distracción. Agarró a la Tristeza de su mano, que estaba sorprendentemente fría, y la arrastró por la casa. Le enseñó sus juguetes más ruidosos, le puso sus dibujos animados más graciosos y hasta le ofreció su galleta favorita, la que tenía chispas de chocolate dobles.
Pero la Tristeza no se rio. No jugó. Y apenas mordisqueó la galleta. Simplemente, se sentaba a su lado, y su presencia silenciosa parecía absorber todos los colores de la habitación. Elara se sentía cada vez más cansada. Intentar hacer feliz a la Tristeza era agotador.
Finalmente, exhausta, Elara se rindió. Se dejó caer en el sofá y suspiró. La Tristeza se acurrucó a su lado, y por primera vez, Elara no la apartó. Se quedaron sentadas en silencio.
Después de un largo rato, Elara se giró y la miró. Realmente la miró. Vio el cansancio en sus ojos y la pesadez en su postura.
«¿Qué necesitas?», le susurró Elara.

La Tristeza pareció sorprenderse. Nadie le había preguntado eso antes. Se quedó pensando un momento y luego, con una voz que sonaba como hojas secas arrastradas por el viento, dijo: «No lo sé. Quizá… ¿un té caliente?».
Así que Elara le preparó una taza de té de manzanilla. Se sentaron juntas en la alfombra, sorbiendo el líquido tibio. La Tristeza pareció relajarse un poco.
Luego, Elara tuvo otra idea. Buscó sus lápices de colores, pero en lugar de coger los amarillos y rojos brillantes, eligió los azules, los grises y los morados. Le dio un papel a la Tristeza y se pusieron a dibujar juntas. No dibujaron castillos ni dragones. Dibujaron gotas de lluvia, nubes pesadas y ríos sinuosos. Era un dibujo tranquilo, y se sintió bien.
Más tarde, Elara buscó la manta más suave que tenía y se la puso a la Tristeza sobre los hombros. Pusieron música, una melodía lenta de piano que sonaba como la que tocaba su abuelo. No hablaron. Simplemente escucharon, arropadas y en calma.
Elara se dio cuenta de algo curioso. Al dejar de luchar contra la Tristeza, al hacerle un pequeño hueco en su día, la pesadez que sentía en la casa comenzó a aligerarse. Ya no era una presencia abrumadora que lo absorbía todo, sino simplemente una compañera silenciosa.
Cuando el sol de la tarde comenzó a pintar el cielo de naranja y rosa, la Tristeza se levantó. Parecía diferente. Ya no estaba tan encorvada y su color azul grisáceo tenía un leve matiz perlado. Ya no parecía tan pesada.
Se acercó a la puerta y miró a Elara. No sonrió, pero en sus ojos había una chispa de gratitud.
«Gracias por la visita», dijo Elara, y lo decía de verdad.
La Tristeza asintió suavemente y, al abrirse la puerta, se disolvió en el aire del atardecer tan silenciosamente como había llegado.
Elara se quedó sola en su sala de estar. Los colores parecían más brillantes que antes. Cogió su libro de dragones y, por primera vez en todo el día, sintió verdaderas ganas de leerlo.
Comprendió que la Tristeza no era una enemiga a la que había que expulsar. Era una visitante que a veces llegaba sin avisar. No venía a romper los juguetes ni a robar la alegría. Solo necesitaba un lugar tranquilo donde sentarse, una taza de té caliente y que alguien, por un ratito, estuviera dispuesto a compartir su silencio. Y al hacerlo, Elara aprendió que incluso después de la visita más gris, los colores siempre vuelven, a menudo, un poco más vivos que antes.

