La Guardiana de los Sueños Perdidos

Más allá del borde de la noche, en un lugar que no se mide en kilómetros sino en latidos de corazón, existe la Biblioteca del Crepúsculo. No es una biblioteca de libros, sino de sueños. En sus estanterías de cristal de luna se guardan esferas iridiscentes, cada una conteniendo un sueño que fue imaginado con anhelo pero nunca llegó a ser soñado. Son los sueños perdidos: el de un niño que anhelaba volar sobre una cometa, olvidado por el miedo a las alturas; el de una niña que deseaba pintar con los colores del viento, borrado por la prisa de crecer.

La única habitante de este lugar es Ayla. Ella es la Guardiana de los Sueños Perdidos. No es vieja ni joven; su rostro es sereno como un lago en calma y en su cabello plateado parpadean pequeñas estrellas. Su tarea es cuidar de estas frágiles esferas. Cada noche, camina por los pasillos silenciosos, puliendo los sueños que se han empañado con el tiempo, escuchando sus susurros y asegurándose de que su luz, por tenue que sea, nunca se extinga del todo.

Ayla amaba su labor. Conocía cada sueño: el de navegar un barco hecho de una hoja de roble, el de hablar con los gatos del barrio, el de construir una escalera hasta la luna. Eran fragmentos puros de la imaginación humana, y ella era su eterna protectora.

Pero últimamente, algo estaba cambiando. Una nueva clase de silencio, uno frío y pesado, había comenzado a invadir los pasillos de la biblioteca. Ayla lo llamó el «Velo Ceniza». Era un olvido más profundo que el simple paso del tiempo. Descubrió con horror que algunas estanterías estaban vacías, y no porque los sueños hubieran sido soñados, sino porque se desvanecían antes de poder formarse, consumidos por este velo invisible. Los sueños de los niños del mundo de la vigilia se estaban volviendo silenciosos.

 Guardiana de los Sueños Perdidos
Guardiana de los Sueños Perdidos

Afligida, Ayla supo que no podía quedarse de brazos cruzados. Cuidar de los sueños ya no era suficiente; tenía que descubrir por qué se estaban perdiendo. Tomó el sueño perdido más valiente que conocía —una pequeña esfera que contenía el deseo de un niño de atrapar una estrella fugaz con sus propias manos— y lo guardó en un bolsillo cerca de su corazón para que le diera coraje.

Por primera vez en incontables eras, Ayla cruzó el umbral entre su reino y el mundo de la vigilia. Llegó durante la hora mágica del anochecer, cuando el cielo es de un azul profundo y el mundo se prepara para dormir. Era invisible, una presencia tan sutil como una brisa o un recuerdo lejano.

Flotó por las calles de una ciudad bulliciosa. Lo que encontró la sobrecogió. El aire no estaba lleno de los susurros de los futuros sueños, sino del estruendo de las pantallas, el murmullo de las preocupaciones de los adultos y el ritmo frenético de un mundo que nunca descansaba. Los niños, en sus habitaciones, no miraban por la ventana a la luna naciente; sus ojos estaban fijos en luces parpadeantes y sus mentes saturadas de un ruido que no dejaba espacio para la maravilla.

El Velo Ceniza no era un monstruo, era el peso de un mundo demasiado ocupado para soñar.

Su búsqueda la llevó a la ventana de un niño llamado Samuel. Su habitación estaba llena de libros de astronomía y dibujos de cohetes espaciales. Tenía el alma de un soñador, pero su rostro estaba tenso, preocupado por el examen del día siguiente, por ser el mejor en el equipo de fútbol, por no decepcionar a nadie. Se durmió no con una idea maravillosa en la mente, sino con una lista de tareas.

Ayla vio cómo el Velo Ceniza se arremolinaba densamente a su alrededor, impidiendo que cualquier chispa de imaginación prendiera. Supo que él era a quien debía ayudar.

No podía luchar contra el Velo con fuerza. Sería como intentar atrapar el humo con las manos. Debía responder al ruido no con más ruido, sino con un susurro. Recordó un sueño perdido particularmente hermoso que guardaba en su biblioteca: el de una niña que una vez quiso aprender la nana que las estrellas le cantan a la luna. Era una melodía simple, llena de un anhelo silencioso y una paz infinita.

Ayla se sentó en el alféizar de la ventana de Samuel, invisible, mientras el niño se agitaba en un sueño superficial y sin imágenes. Cerró los ojos y comenzó a tararear. No era un sonido para los oídos, sino para el alma. Tarareó la nana de las estrellas, tejiendo en ella la valentía del sueño de atrapar una estrella fugaz que llevaba consigo.

La melodía, pura y serena, fue como una gota de tinta dorada en un vaso de agua gris. No luchó contra el Velo Ceniza, simplemente lo atravesó, llegando a un rincón olvidado en la mente de Samuel.

En su sueño inquieto, Samuel escuchó algo. Dejó de preocuparse por el examen y levantó la vista. Vio una estela de luz dorada y, sin pensarlo, extendió la mano. Por primera vez en meses, Samuel comenzó a soñar. Soñó que volaba por un cielo de terciopelo, que las nebulosas le susurraban secretos cósmicos y que, finalmente, una pequeña estrella fugaz, cálida y vibrante, caía suavemente en la palma de su mano.

Una sola lágrima de pura felicidad rodó por su mejilla dormida.

Desde su rincón, Ayla vio cómo el sueño de Samuel florecía, brillante y poderoso. La luz de ese sueño se expandió, y el Velo Ceniza a su alrededor retrocedió, disipándose como la niebla al amanecer. Ese sueño, ahora soñado, no volvería a su biblioteca. Había encontrado su hogar.

Ayla regresó a la Biblioteca del Crepúsculo justo cuando el sol comenzaba a despuntar. El aire en su hogar se sentía más ligero, más claro. El silencio frío había retrocedido. Comprendió entonces que su propósito no era solo ser una archivista de maravillas olvidadas. A veces, su deber era convertirse en una mensajera.

No podía salvar todos los sueños, pero podía tomar el más necesitado, el más valiente, el más tierno, y susurrarlo de vuelta al mundo. Porque un solo niño que se atreve a soñar con atrapar una estrella, puede recordarle al resto del mundo que debe levantar la vista hacia el cielo. Y esa, se dio cuenta la Guardiana, es la luz más poderosa contra cualquier oscuridad.

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