En la calle de los Tilos, justo al fondo, había un viejo roble con una casa de madera en sus ramas. No era una casa muy elegante, le faltaba una tabla y la puerta chirriaba como un ratón con hipo. Pero era el cuartel general del club más exclusivo del barrio: «El Club de los Valientes».
El club tenía tres miembros.
El primero era Leo, el presidente y fundador. Tenía el pelo revuelto y rodillas que siempre estaban raspadas. Leo era valiente para trepar árboles y para probar comidas raras, pero tenía un secreto: le aterrorizaba la oscuridad. No la oscuridad de noche con estrellas, sino la oscuridad densa, silenciosa y llena de «quién-sabe-qué» que vivía en los armarios y debajo de las camas.
La segunda era Sofía, la estratega del club. Usaba gafas, leía libros enormes y podía explicarte por qué el cielo es azul. Sofía no le temía a nada que pudiera entender, pero le tenía un pánico irracional a las arañas. No importaba que supiera que el 99% de ellas eran inofensivas; si tenía más de seis patas y se movía raro, Sofía se convertía en una estatua temblorosa.
El tercero era Mateo, el miembro más alto y fuerte. Podía lanzar una pelota más lejos que nadie y abrir cualquier frasco de mermelada, por muy atascado que estuviera. Su miedo era el más ruidoso de todos: los truenos. En cuanto el cielo retumbaba, el valiente Mateo se encogía y se tapaba los oídos, deseando ser tan pequeño como una hormiga.
Fundaron el club una tarde después de que cada uno, por separado, tuviera un mal día a causa de sus miedos. Leo no quiso bajar al sótano a por su cometa, Sofía salió gritando del jardín por una arañita en una maceta y Mateo se escondió durante una breve tormenta de verano. Se sentían frustrados.
«Ser valiente no puede ser tan difícil», dijo Leo en la casa del árbol, con el ceño fruncido.
«Ser valiente no es no tener miedo», sentenció Sofía, ajustándose las gafas. «Leí que es actuar a pesar del miedo».
«Pues yo tengo mucho miedo para actuar», susurró Mateo, mirando las nubes con desconfianza.
Y así nació el club. Su primera y única regla: ayudarse mutuamente a actuar, incluso con las rodillas temblando. Su primera misión oficial la llamaron: «Operación Rescate del Tesoro Perdido».
El «tesoro perdido» era el dinosaurio de juguete favorito de Leo, un T-Rex de plástico llamado «Comillos», que se había caído accidentalmente dentro del viejo y oscuro cobertizo del jardín de su casa. La puerta del cobertizo siempre estaba entreabierta, como una boca oscura y bostezante.
Se reunieron al atardecer. Leo, el líder, estaba pálido. «Está… muy oscuro ahí dentro», balbuceó.
«Plan de acción», dijo Sofía, sacando una linterna. «Yo seré el apoyo lumínico. Mateo, tú te encargas de la puerta por si se atasca. Leo, tú eres el especialista en recuperación de dinosaurios».
Se acercaron lentamente. Mateo empujó la puerta chirriante, un sonido que hizo que los tres saltaran hacia atrás. Sofía apuntó el haz de luz al interior, revelando un caos de herramientas viejas y macetas rotas. Y, en un rincón, una telaraña enorme.

«¡Negativo, abortar misión!», exclamó Sofía, retrocediendo. «Presencia de arácnido no identificado de tamaño considerable».
Ahora eran dos los miembros paralizados. Leo por la oscuridad y Sofía por la araña.
Mateo los miró. No había truenos, el sol se estaba poniendo y la araña estaba quieta. Sus amigos lo necesitaban. Respiró hondo. «Vale», dijo con una voz sorprendentemente firme. «Sofía, quédate detrás de mí y alumbra. Leo, dime dónde está ‘Comillos'».
Leo señaló con un dedo tembloroso. «Al lado de esa… cosa».
Mateo agarró un rastrillo viejo y, con mucho cuidado, lo usó para apartar la telaraña (que se rompió fácilmente). La araña corrió a esconderse. Sofía soltó un gritito, pero no huyó. Mantuvo la luz fija. Con el camino despejado, Leo tomó una bocanada de aire, corrió dentro, agarró su dinosaurio y salió a la luz del atardecer como si hubiera ganado una medalla de oro.
Estaban eufóricos. No habían vencido sus miedos, pero los habían burlado. Habían trabajado en equipo.
La prueba de fuego llegó una semana después. Una tarde, mientras celebraban su éxito en la casa del árbol, el cielo se oscureció de repente. Un relámpago iluminó el horizonte, seguido de un estruendo que hizo vibrar la madera.
«¡Tormenta!», gritó Mateo, encogiéndose en una esquina.
La lluvia comenzó a golpear el techo. Otro trueno, más fuerte esta vez. Mateo estaba aterrorizado. Leo miró la oscuridad creciente fuera de la pequeña ventana y sintió un nudo en el estómago. Sofía vio una araña correr por una viga para refugiarse de la lluvia y se estremeció. Los tres miedos del club estaban reunidos en su propio cuartel general.
Parecía que iban a fracasar. Pero entonces, Leo miró a Mateo, temblando en el rincón. Luego miró a Sofía, que intentaba no mirar la viga. Se dio cuenta de que su miedo a la oscuridad no era tan grande como su deseo de ayudar a sus amigos.
«¡Tengo una idea!», exclamó Leo. «¡No podemos detener la tormenta, así que vamos a unirnos a ella! ¡Vamos a hacer nuestro propio trueno!».
Agarró dos tapas de ollas viejas que usaban como platos y las golpeó, creando un ¡CLANG! metálico. Sofía, entendiendo al instante, comenzó a golpear el suelo de madera con los talones, creando un ritmo sordo.
Mateo los miró, con los ojos muy abiertos. Otro trueno rugió afuera.
«¡Es tu turno, Mateo! ¡Tú eres el más fuerte! ¡Haz el trueno más grande de todos!», le animó Sofía.
Mateo dudó, pero luego vio a sus amigos, haciendo ruido para él, enfrentándose a sus propios miedos para ayudarle con el suyo. Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Se puso de pie y lanzó el grito de guerra más poderoso que pudo: «¡GRRRRAAAAAAAWR!».
Y así pasaron la tormenta. Con cada trueno, respondían con su propio estruendo ridículo, con cantos desafinados y golpes de tapas. Estaban asustados, sí. Pero también se estaban riendo a carcajadas.
Cuando la lluvia cesó y el sol volvió a salir, se quedaron en silencio, agotados y felices. No se habían curado de sus miedos. Pero habían descubierto algo mucho más importante.
Al día siguiente, Leo trepó al tejado de la casa del árbol con un pincel y un bote de pintura. Debajo del letrero que decía «El Club de los Valientes», añadió, en letras un poco torcidas pero muy claras, «(y un poco miedosos)».
Porque habían aprendido que la verdadera valentía no se trataba de no tener miedo. Se trataba de tener a alguien que sostuviera la linterna, apartara las telarañas y te ayudara a hacer tu propio trueno en medio de la tormenta.

